Generalmente se los acusa de egoístas, de querer ocupar siempre el centro de atención y ser complicados para el trabajo en equipo.
Su capacidad para compartir es a menudo reducida hasta la escolarización, prefieren las actividades en solitario y cuando jóvenes, encuentran más dificultades para dejar el nido familiar.
Por regla general también se los considera más sensibles, sentimentales y creativos a la hora de enfrentar situaciones cotidianas o laborales.
Sin embargo, como dicen que las generalizaciones son injustas, los comportamientos reales las más de las veces sólo compartirán algunos elementos con el estereotipo.
Lo cierto es que la tendencia occidental de reducción de la tasa de natalidad ha traído como consecuencia que cada vez sean proporcionalmente más aquellos que no han tenido que compartir a sus padres con otros hermanos.
Esto no necesariamente debe verse con preocupación, pero probablemente dejará su impronta en el funcionamiento de la sociedad en futuras generaciones.