Eso es lo fascinante de los tatuajes, que pueden ser sexys y al mismo tiempo una señal que los relaciona con el bajo mundo.
Por: Lina Ness
Estos extraños dibujos sobre la piel me atraen desde que era una niña, pero al mismo tiempo me atemorizan.
Eso es lo fascinante de los tatuajes, que pueden ser sexys y al mismo tiempo una señal que los relaciona con el bajo mundo.
No estoy tan segura de que esto último que acabo de escribir sea una idea mía, porque todavía recuerdo las palabras de mi mamá cuando aparecía un tatuado por ahí, y decía: “¡Qué cosa tan fea!”, “¿Verdad mijita?”. Yo asentía con la cabeza, pero en realidad no creía que fueron feos los tatuajes, más bien algunos tatuados, esos sí eran feos. Hoy reparo en que posiblemente a mi mamá tampoco le parezcan feos los tatuajes, sino que repetía lo que todos los padres le repiten a los hijos, para que no se desvíen del buen parecer y de las buenas costumbres.
Y más o menos a esta altura ya sabrán qué paso en esta historia. Cuando cumplí 25 años, una temporada de playa, decidí marcar mi piel con una mariposa multicolor. ¿Adivinan dónde me la hice poner? No, no fue en las tetas, fue en la nalga. Yo estaba segura de que me dolería menos. En eso me equivoqué, pero acerté de otro modo.
Luego, cuando me escapé con mi novio a la playa, y después de la larga jornada de tragos, llegamos a La rosa mística, un hotel comunitario de Montaña y empezamos con nuestros jugueteos, un poco salvajes diría yo, creo que por el alcohol, hasta que me hizo flecos el diminuto calzón que llevaba puesto. Cuando me empujó hacia la cama yo me di la vuelta para que viera la sorpresa. ¡Tonta de mí!... la sorpresa me la di yo. Tal vez pasó medio minuto y mi novio no decía nada ni hacía nada, hasta que de repente me dio un mordisco que me hizo gritar. Me mordió el tatuaje tanto, que al día siguiente no parecía que era una mariposa, sino una nube tóxica. Esto para que vean, las buenas sorpresas de repente pueden causar efectos inesperados. Y no, no me arrepiento del tatuaje.