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Esos cuerpos incógnitos PDF Imprimir E-Mail
jueves, 11 de octubre de 2007
ImageEntre todos los trabajos posibles está el de ser mesera o mesero. Muchas veces he observado lo que hacen estas personas que tienen que lidiar con el humor de los clientes que siempre tienen la razón, y con unos sueldos miserables que implican ser seres mal dormidos. Esto lo pienso pese al mal servicio que encuentro en muchos lugares de Guayaquil.

Por: Lina Ness

Como siempre, hay excepciones, eso también tengo que decirlo, y si no que lo diga mi amigo mesero del Pique y Pase que me recibe siempre con la misma sonrisa, con el que intercambio saludos inteligentes, y al que busco cuando no me toca de mesero en ese restaurante. Ni bien piso el Pique y él ya sabe qué quiero, y aunque muchas veces no deseo la Pilsener helada, termino tomándomela, porque su manera de preguntarme si la quiero es una invitación, de esas en que una no puede decir no.

Luego, están las chicas de Fridays que tienen que cantarle el cumpleaños a un desconocido si toca, y soportar, muchas veces, que alguna persona les diga lo que creen que le gusta. Sólo hay que mirarles las caras para darse cuenta que si pudieran le tirarían el plato en la cabeza al cliente. No hablemos de las propinas, que generalmente ni dejamos en las mesas.

Así que, un poco por castigo y un poco por diversión, una amiga me hizo realidad mi fantasía y me permitió ser mesera en su bar. Yo llegué puntual y mis compañeros me acogieron, tanto que luego me reclamaban que me hubiera quedado plantada en la barra con un margarita frappé. A esa hora ya no tenía dedos, tampoco pies, peor piernas. Si alguien me hubiera dicho vámonos de aquí lo habría hecho, sin siquiera mirarle la cara.

Durante cuatro horas intenté ser eficiente, estar pendiente de mis mesas, limpiarlas, recoger los vasos, las colillas de cigarrillos, traer las órdenes a tiempo, y lo más difícil: poner cara de felicidad. En algún momento de la noche me sentí agotada de ver tantas caras, tantos tragos, y tan pocas propinas. Sólo recibí cincuenta centavos. Cincuenta. No sé si decirles quién fue la persona que me dio los cincuenta, o si contarles que sólo esa persona me dio los cincuenta. Mi conclusión es que de ahora en adelante, así esté chira, tengo que dejarle al menos un dólar a la mesera, o al mesero, y también que más vale ir con un cuello de tortuga y un overol de obrera en lugar de camisetas de tiritas y zapatos de taco si se va a mesonear. Es que hay que tener paciencia con los clientes y las clientas, tener una bola de cristal para adivinarles los deseos y también una varita mágica para convertirlos en ranas cuando sea necesario.

 
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