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Crónica de noche de emergencias PDF Imprimir E-Mail
jueves, 01 de noviembre de 2007

ImageCuando nos planteamos el reto de una crónica de las sala de emergencias, nos vinieron a la mente imágenes de la famosa serie norteamericana de televisión ER y de alguna película. Y a pesar de que el cine y la televisión tratan de proyectar acontecimientos verosímiles, una verdadera sala de emergencia dista bastante de esta realidad al estilo Hollywood, mucho más si estamos en un hospital público del Ecuador.

Existen algunas diferencias muy concretas entre las personas que visitan una sala de emergencia. Su estado de gravedad es una de ellas y posiblemente su forma y la de sus familiares o amigos de enfrentar el dolor, cualquiera que este sea. Otra diferencia, más circunstancial y motivo de una sola noche, entre quienes asistieron a la sala de emergencia un día viernes, era su condición de afectados y salvadores enfrentada a la nuestra de testigos, casi de fisgones que interrumpimos nuestra rutina, más que la de la sala de emergencia que es ininterrumpible, para contemplar como transcurría un día normal en las Emergencias del Hospital Eugenio Espejo, sin habernos planteado la posibilidad de que aún un "día normal" nunca se parecería a nuestro parámetro de normalidad.

El Eugenio Espejo, "el hospital más pobre del mundo" como lo calificó la Directora de este centro de salud, es el lugar idóneo para comprender que la salud para algunos todavía sigue siendo una misión y no un negocio. "Acérquese a pagar" es una palabra que nos obligó a pensar en las cuantiosas cifras de los hospitales privados y resulta gratificante saber que los gastos por una atención a un herido que fue arrollado por un auto en un hospital público del Ecuador costó $ 1,70.

Este hospital tiene categoría tres, es decir recibe a emergencias médicas de alto grado crítico. El 911 tiene contacto directo por radio con este centro de salud para verificar la disponibilidad física del hospital y anticipar la llegada de los accidentados. También reciben a heridos menores, pero por la constante afluencia deben esperar.

Nuestra noche de emergencias no fue demasiado ajetreada, según las autoridades médicas; sin embrago tuvimos ocasión de ver a los paramédicos del 911 hacer su aparición dos veces, con dos personas atropelladas; algunos casos de apendicitis, muy común al parecer; varias personas con politraumas, es decir múltiples golpes por caídas, resbalones, accidentes en moto. Entre otros casos la situaciones clínicas eran más difíciles de comprender por la reserva de los parientes que con los ojos llorosos corrían de un extremo a otro de la sala, y hacía la puerta, donde un guardia temible prohibía la entrada de cualquier persona.

ImagePoco importa, finalmente, si uno está herido o no, de cualquier forma se verá embargado por un sentimiento que inunda todos los espacios, el misterio, el miedo a la muerte, el temor por la horas que pasan sin darse a conocer, porque el tiempo está detenido, tanto metafóricamente como de forma real: todos los relojes de la sala de emergencia han dejado de andar quien sabe desde hace cuanto tiempo, todos marcan una hora distinta.

Si en una noche el teléfono irrumpe la tranquilidad y una llamada te dice que tu hijo, tu padre, tu esposa han sido trasladados a una sala de emergencia, lo único que puedes hacer es cubrirte apenas del frío y volar por las avenidas semidesiertas en busca de consuelo, llegar y encontrarte de repente en un ambiente entre lo hostil y lo escatológico, ingresar a una sala de espera, donde algunas personas lloran y se lamentan y otras han sembrado sus raíces, dormitan envueltos en cobijas en el suelo o en una silla vieja, del único baño emana un mísero olor a orines, mientras la llave de agua gotea sin parar. Desesperado miras de un lado a otro, y te encuentras con un hombre cuyo rostro, brazos y ropa están empapados en sangre, sientes miedo por la suerte de los tuyos. Suplicas sin respuesta al guardián, hasta que finalmente alguien te escucha, te permiten el paso, identificas una camilla, debajo de una manta asoma un zapato conocido. Es la persona que buscabas, su estado no es crítico, según indica una franja de color verde, que significa levemente lesionado, sobre la puerta del cuarto donde lo han acomodado. Junto a él, un hombre tiembla dormido sobre la camilla, una anciana grita de dolor mientras enderezan sus pequeños y secos brazos fracturados, otro hombre resiste con valentía las curaciones a sus múltiples heridas, rasguños y cortes.

Todo es mejor ahora que lo has visto, ahora puedes esperar a que las horas incontables pasen y volver a casa. Mientras te familiarizas con el dolor ajeno, demuestras tu simpatía por el resto de seres humanos quienes debilitados por sus dolencias, paralizados por sus lesiones, no pueden valerse por sí mismos y renuncian a sus pudores, se muestran frágiles y desnudos. Los otros contemplamos sus miserias, fingiendo naturalidad, con el alma y el corazón en un hilo.

 
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