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Chucky Velóz, la más rápida del Oeste PDF Imprimir E-Mail
viernes, 28 de diciembre de 2007
ImageUna velada armoniosa puede arruinarse por varios motivos, ¿qué ocurriría si la ex de su actual  novio irrumpe en su departamento, pasada de tragos?

Por: Lina Ness

A las doce de la noche de un viernes movido de Guayaquil, empezaron los mensajes por celular y un poco después teníamos a la susodicha en los bajos del edificio, dispuesta, al parecer, a conversar. Que yo sepa el diálogo siempre es entre dos o más, en esta historia una sola de las partes creía que debía tenerlo.

No hay nada que enfurezca más a una mujer que un celular no contestado, y como este fue el caso, el resultado inmediato fue la incursión a la que aludo, con grito, insulto y amenaza.

Como ya dije antes, se trataba de mi primera vez; era la primera ocasión en que tendría que ver un escándalo que no estaba directamente relacionado conmigo, aunque por otro lado, tenía relación conmigo. Así que, ante la insistencia del personaje a quien llamaremos Chucky, la puerta del departamento en donde mi novio y yo conversábamos con otras personas, tuvo que abrirse para que empezara la pesadilla más dark de diciembre.

Tengo que ser sincera, muy muy en el fondo y sin una mala intención, yo quería ver.

Necesitaba ver directamente, a La Persona,  también las reacciones de Mí Persona, y, aunque no lo crean, escuchar las versiones que conocía sólo por mi novio. No es que no haya creído lo que él decía, sino que en una historia siempre hay varias versiones, y aunque algunos personajes se las inventen, vale la pena escuchar esa elaboración del discurso de ficción, porque siempre nos dice algo sobre la realidad.

Al principio, cuando Chucky me vio, no pensó que estuviera relacionada con su ex, mi actual. Más adelante, y ante la insistencia de un amigo, logramos que abandonara el departamento junto a quien llamaremos El emisario. Chucky y El emisario bajaron, pero media hora después, él volvió asustado porque Chucky, suponemos que por los tragos, había amenazado con quemar el departamento, destruir al objeto de su deseo, y quién sabe qué más. El emisario me advirtió que Chucky había preguntado quién era yo y la respuesta fue: María. Obvio que hubo repregunta porque María se llama cualquiera, así que fui bautizada por las circunstancias de la noche como María Cristina.

Cinco minutos después de que El emisario terminara su historia, la susodicha estaba nuevamente en los bajos del edificio y allí se quedó hasta que El emisario y yo bajamos para comprar cigarrillos. Cuando el ascensor se abrió, Chucky se estaba maquillando, y cuando entramos en él, me dio: “Yo sé que eres la enamorada de…”. A lo que yo sólo dije: “No”. Entonces, dijo ella, “eres la mujer, la bueno, lo que sea”. Y yo volví a negar tres veces como Pedro, hasta que la puerta del ascensor se abrió y pudimos salir.

Cuando regresamos seguía allí, con la cara bastante distorsionada, y esta vez al abrir la puerta del departamento Chucky Velóz, la más rápida del Oeste, entró y con furia hizo de la cocina su guarida. No hubo quién la sacara de ahí, hasta que mi novio, su ex, decidió llamar a la policía.

Así que en esa situación y después de haber escuchado que se refirió a mi como: “Gorda hija de puta”, le brindé un cigarrillo y se presentó con nombre y apellido y dijo que en realidad ella no tenía nada contra mí. Yo asentí porque es evidente que su furia era contra mi novio. Ella habló de su relación, de lo que había ido a hacer esa noche a la casa de su ex novio,  mientras yo pensaba qué tiene que pasar en la vida de una mujer para llegar a la humillación y el escándalo. Cuando los guardias de más seguridad llegaron, Chucky Velóz estaba terminando su cigarrillo, y después de decir el típico guayaquileñazo de “Ustedes no saben quién soy yo” y sacar su credencial, bajó acompañada de los guardias.

Mi ex recibió unos cuantos golpes y rasguños, los vecinos creo yo, miraban por sus ojos de buey, El emisario seguía pintando su cuadro y yo me quedé sentada en la sala y mirando la vista de los edificios de Guayaquil, en la madrugada, pensando en posibles encuentros, todo por estar en el lugar incorrecto con la persona correcta.

 
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