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Sexo, Noche y Ciudad: "El viejecito pervertido" PDF Imprimir E-Mail
martes, 09 de enero de 2007

ImageHoy  tuve un shock. Entré a la trattoria da Mauro, un restaurante italiano, a la hora del almuerzo para encontrarme con unas amigas y me senté en una mesa. Pedí agua y la carta. Fue en ese momento cuando reparé en que en una mesa frente a mí estaba una pareja de ancianos...

Esta historia ocurrió hace tres años cuando me pidieron un perfil sobre un famoso escritor del grupo de Guayaquil y debía investigar qué personas aún estaban vivas y podían hablar del famoso señor Kolinos como le decían al escritor. El anciano que hoy se sentaba en esa mesa fue la persona que contacté para el trabajo y me citó en su lujosa casa del barrio del Centenario. Si no me equivoco la entrevista fue a las 12h30 de la tarde y cuando entré a la casa muy antigua y elegante todo estaba en penumbra.

Después de esperar por algunos minutos en la biblioteca bajó el anciano con una batona roja. Ese fue el primer gesto sospechoso. ¿Cómo un señor tan importante atendería una entrevista en una batona roja? En fin, yo me presenté y empecé con mi trabajo, pero no podía avanzar mucho por las interrupciones fuera de lugar del anciano. Que si quería una botella de vino, que si no bebía, que si se me hacía tarde su chofer me podía llevar, que yo era una mujer muy hermosa, que si tenía novio.

Pronto fui perdiendo la paciencia y mi genio se fue evidenciando hasta que lo presioné para que por fin me diera la información. El suspicaz anciano, más por viejo que por diablo, me convenció de que los libros que necesitaba estaban en otra biblioteca en la parte de arriba de la casa. Subí con él pensando que nada podría pasar pues total un empujoncito y el anciano rodaría las escaleras al estilo Psicosis. Cuando abrió la primera puerta saltó la imagen de una cama. Obviamente que no entré, el anciano reía lujuriosamente y yo sin mostrar asombro le dije que dónde estaba la biblioteca. Por fin el viejito cerró la puerta y abrió otra en la que sí había un escritorio y unos libreros. Como no me daba la información lo amenacé con marcharme y cuando estaba decidida a hacerlo, me dijo que no había nadie que me abriera la puerta, solo él y estaba cansado y no podía bajar nuevamente las escaleras. ¿Se imaginan? Ya indignada  bajé las escaleras y dejé al viejo con la palabra en la boca. La puerta no se abría así que busqué el timbre y por fin me liberé a mí misma. No podía creer que un anciano que no podía ni caminar tuviera expectativas de ese tipo. ¿Qué pensaría que podía hacer? ¡Pero si a duras penas podía mantenerse en pie!

Entonces cuando estaba recordando este episodio me di cuenta de que el anciano me miraba libidinoso porque me había reconocido. Qué terror. Cuando llegaron mis amigas les conté el episodio y creo que la risa no las dejaba comer en paz. Los dos fueron episodios de terror, la entrevista y el encuentro.

 
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