Sí, así como lo escuchan, aquí en la ciudad en que antes se veía a las parejas abrazadas, tomadas de la mano o besándose en parques y plazas, ahora no se ve a nadie.
Por Lina Ness
¿Por qué? Pues resulta que desde que la regeneración urbana empezó en la ciudad aproximadamente hace 6 o 7 años, también llegaron nuevas regulaciones para la convivencia pública.
Las áreas del Malecón, el parque de la Ferroviaria al lado del estero Salado, la Plaza Rodolfo Baquerizo antes Parque de Guayaquil son lugares clásicos para el paseo de los enamorados, o por lo menos lo eran. Hoy, sin antes de que el beso culmine, ya se puede escuchar un silbato de los guardias municipales, que se acercan, y solicitan a los novios que por favor se detengan porque ese tipo de demostración de afecto está prohibida en ese espacio.
Los novios, con caras compungidas y con el deseo aún latente, se levantan y se marchan un poco decepcionados. ¿Desde cuándo los besos públicos son malos? ¿Qué mal ejemplo puede dar una muestra de amor? Y sobre todo, ¿Quién decide estas rígidas políticas que tienen que ver con una moral hipócrita para que rijan en los espacios públicos? Los espacios públicos nos pertenecen y la lógica dice que mientras no se destruya el lugar podríamos hacer en ellos muchas cosas.
No intento en este artículo defender la exposición sexual, por ejemplo en los lugares públicos, pero sí las demostraciones de afecto que generalmente son espontáneas. Me pregunto, ¿quién se sentirá lastimado por un beso, por una caricia o una agarrada de mano?
Las prohibiciones en algunos espacios públicos guayaquileños van más allá: entre otras cosas, tampoco se puede caminar descalzo en las áreas regeneradas, en algunos sitios no se puede una sentar en el piso, y por supuesto, los hombres no pueden andar sin camisa. Aquí en esta ciudad hace tanto calor que provoca sentarse en un banquito y sacarse las medias para que los dedos respiren, pero no, si hay un guardia cerca, ya sabe lo que ocurrirá, y ni que se acuesten en una banca para hacer una siesta. Recuerden que el sonido del silbato puede ser tan fuerte que lo podrían matar de un infarto.